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Enviado sobre Lectura infantil

Organizarse para leer

Organizarse para leer

Organizarse para leer mejor

ORGANIZARSE

La desorganización puede estar reñida con la lectura. Ayudémosles a organizarse: su tiempo, su biblioteca…

Debemos ayudar a nuestros hijos a ser ordenados con sus cosas, con su tiempo. Ellos se fijan y aprenden de nosotros.

Hay que ser flexibles: la rigidez excesiva puede ser contraproducente. No se trata de imponer el orden por el orden, sino de hacerles ver que la organización está en función de su bienestar y de su aprendizaje.

Podemos buscar formas de organización sencillas para sus cosas, para sus libros. Utilicemos criterios que ellos puedan entender. «Para qué sirve cada libro» puede ser un buen principio de organización.
Con los mayores deberemos seguir insistiendo en estos principios. Una forma de organización algo más compleja de la propia biblioteca será más adecuada para estas edades (por autores, por materias, por series…).

En la familia, la falta de organización puede impedir que se den las condiciones adecuadas para leer: disponer de un momento relajado para la lectura o poder localizar los libros en el momento en que son necesarios. El orden es importante; sin rigidez excesiva, pero con orientación suficiente para que haya tiempo y espacio para todo.

Cuando los niños son pequeños, su organización depende casi exclusivamente de la nuestra: ¿qué tiempo dedicamos a la lectura?, ¿en qué momentos pueden prescindir de nuestra presencia?, ¿cuándo salimos con ellos?, ¿cuándo hay que ir a dormir?… Sin ser excesivamente estrictos, un cierto plan en las actividades les ayudará a regularse e irá configurando su propio orden. Los niños toman como modelo nuestro orden y también nuestro desorden.

Conviene que, desde muy pronto, los niños vayan reservando un espacio de la casa para su biblioteca. En ella guardarán ordenadamente sus libros, repararán los estropeados, colocarán sus objetos y sus adornos. Como ayuda, podemos sugerirles procedimientos sencillos de clasificación de los libros. Su utilidad puede ser un buen criterio: libros para aprender (sobre animales, costumbres y culturas del mundo, civilizaciones antiguas…), libros para hacer cosas (recetas, juguetes, experimentos…) y libros para la imaginación (cuentos, poemas, canciones…). Con el tiempo se puede ir complicando esta organización, hasta llegar a entender el funcionamiento de las bibliotecas de los adultos.

La responsabilidad sobre sus cosas, sobre su tiempo, sobre sus libros, es la meta que debemos perseguir.

El camino lo podemos ir marcando nosotros.